Si uno revisa la historia de la Revolución francesa, rusa, cubana y mexicana, prevalecen situaciones que desencadenaron el movimiento social y político: países autocráticos y con grandes desigualdades. “Hay dos maneras de evitar una revolución: la democracia y la justicia social, ya que nunca ha habido una revolución en un país democrático y predominantemente igualitario”, advirtió el director de la Academia Mexicana de la Historia (AMH), Javier Garciadiego Dantán.
Las revoluciones son costosas y son inevitables cuando el país acumula errores, enfatizó el expresidente de El Colegio de México (COLMEX). “En cuanto al costo social, si uno revisa la Independencia y las guerras de Reforma, pero sobre todo la Revolución, con su millón de muertos, es trivial frente a la realidad porque no solo perdimos un millón de personas, sino también sufrimos pérdidas en capital humano y en la estructura económica”.
Los 100 años de la AMH
El próximo 12 de septiembre, la AMH cumplirá 100 años de vida, asociación civil que entre sus integrantes están dos Medallas Belisario Domínguez, más de 20 Premios Nacionales de Historia y acumulados unos 100 honoris causa. “Es una institución de confluencia de los principales historiadores del país; aquí no hacemos investigación, cada uno la hace en su respectiva institución; lo que hacemos es dialogar y mucha labor de difusión, con más de 100 conferencias al año”, detalló el doctor Garciadiego.
La AMH fue la primera instancia en México en la que se socializó el estudio de la historia, con fundadores como Luis González Obregón, Francisco Sosa y Genaro Estrada, quienes subsidiaban a la institución. “La membresía costaba un peso al mes”, recordó el historiador quien añadió que la situación de financiamiento no ha cambiado. “La Academia no está inscrita a ningún financiamiento regular del gobierno federal y esta Academia lo merece, así como otras que lo reciben de manera constante”.
Javier Garciadiego nació el 5 de septiembre de 1951 en la Ciudad de México, cursó la licenciatura en ciencias políticas en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), una maestría en historia y un doctorado en historia de América Latina, en la Universidad de Chicago, mientras que en El COLMEX hizo un doctorado en historia de México. Su especialidad es la historia de la Revolución mexicana, principalmente en sus aspectos político y cultural, y en un corte cronológico que abarca de finales del siglo XIX a mediados del XX.
Pertenece al Sistema Nacional de Investigadores (Nivel III), El Colegio Nacional, la Academia Mexicana de la Lengua y a la Junta de Gobierno de la UNAM, y fue director general del Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana (INEHRM).
A lo largo de su trayectoria, el doctor Garciadiego ha recibido reconocimientos y distinciones, como el Premio Salvador Azuela —en dos ocasiones— otorgado por el INEHRM; el Premio Biografías para Leerse, del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes; así como tres doctorados honoris causa, por las universidades General San Martín, de Buenos Aires, Nacional de Grecia, en Atenas, y la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo.
Algunas de sus principales publicaciones son: Así fue la Revolución mexicana (8 volúmenes); La Universidad Nacional durante la Revolución mexicana; Porfiristas eminentes; La Revolución mexicana. Crónicas, documentos, planes y testimonios; Cultura y política en el México posrevolucionario y Autores, editoriales, instituciones y libros. Estudios de historia intelectual.
En la entrevista realizada en el recinto de la AMH, ubicado en el centro de la Ciudad de México, frente a la plaza Carlos Pacheco, el doctor Javier Garciadiego conversó con Forum, entre otras cosas, sobre la importancia de la historia en la formación de las personas, comunidades y naciones.
¿Cómo nació la Academia Mexicana de la Historia?
Ha sido una historia muy complicada pero muy benéfica para el país. Somos una institución muy singular: En 1835 hubo una propuesta de creación, pero ese año, Antonio López de Santa Anna estaba cayendo por la Guerra de Texas. Luego el mismo Santa Anna propuso otra vez su creación en 1854, año en que estalló la rebelión de Ayutla, por lo que tampoco funcionó. Durante el Porfiriato hubo un intento de creación, desde España. Fue 1919 el año en que se fundó la Academia como una institución inscrita en ese renacimiento cultural que intentó hacer el país al término de la guerra civil. Fue creada cuando en México no había una carrera de historia ni centros de investigación. Fue la primera instancia donde varones aficionados a la historia se reunían para dialogar, discutir sus trabajos y proponer temas. Actualmente somos 30 miembros de número, 20 en la Ciudad de México y 10 foráneos, pero también tenemos alrededor de 30 integrantes que no tienen silla: los llamados corresponsales.
En México, las instituciones de historia comenzaron a surgir en los años 40, como el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, El COLMEX, el Instituto Nacional de Antropología e Historia, pero la AMH fue primero. En 1942 se inició la publicación de las Memorias de la Academia Mexicana de la Historia, primera publicación científica, aún vigente, en materia de historia en nuestro país.
¿Cómo ha sido la evolución de la AMH?
Al principio fue una institución muy conservadora llena de aficionados a la historia; señores con recursos económicos como hacendados, abogados y curas. A partir de las décadas de los años 50 y 60, empezaron a incorporarse historiadores profesionales. Hoy tenemos una academia, primero que todo plural ideológicamente, y plural socioeconómicamente, gracias a esta profesionalización y a la educación pública nacional que ha permitido que la gente de clase media y media baja pueda acceder a este tipo de instancias. Es una institución de enorme pluralidad temática: tenemos gente que hace lo que llamamos México Prehispánico, México Virreinal, el México del siglo XIX y el del XX.
Al principio predominó la historia religiosa, luego la política, pero la Academia refleja claramente los cambios de la disciplina: hoy cuenta con historia cultural, historia económica, historia social; es un reflejo de la situación profesional de la disciplina.
¿Por qué es importante la historia en la formación de las personas?
En importante en la formación de las personas y en la formación de cualquier grupo, porque la historia te da identidad, como habitante de una ciudad, de un barrio, de un sector social, o como creyente de una práctica religiosa o como miembro de un gremio.
La historia te permite ver con más rigor el presente, apreciarlo, y sirve para poder construir un mejor futuro. En este caso, un historiador sabe lo difícil que son los periodos de transformación y el costo social que implican, pero al mismo tiempo sabe que son imprescindibles, porque los países no se pueden quedar estáticos.
¿El que no conoce su pasado está condenado a repetirlo?
Sí, esa frase se le atribuye al filósofo norteamericano de origen español, George Santayana; hay otras maneras de decirlo, más literarias como “el que no conoce la historia de su país, siempre será un extranjero”.
En México, ¿hay suficientes historiadores?
Yo diría que sí. Hay disciplinas que siempre serán bienvenidas, como abogados, médicos e ingenieros. Sin tener un estudio de mercado, desde hace unos años noto que hay cierta saturación del mercado de historiadores; cuando los jóvenes se den cuenta que ya es más difícil conseguir trabajo, disminuirán los ingresos a esta carrera.
¿Cuál debe ser el perfil de un historiador?
Un historiador tiene que tener una visión del pasado, preguntarse inmediatamente de dónde viene, cómo cambió, qué cosas continuaron, cuáles cambiaron; si no tiene esas dudas congénitamente, nunca será un buen historiador.
¿Cómo debe enseñarse la historia en las escuelas?
De manera muy seria, porque es un conocimiento importante; no es trivial, y menos banal, tampoco es cosa de recordar fechas y nombres; busca entender el proceso de cambio y continuidad. La enseñanza de la historia tiene que estar planificada: primero a niños, una historia moral, ejemplar; luego a adolescentes, una historia más de conflictos; y luego a jóvenes y adultos, una historia analítica. Obvio, tiene que ser siempre grata.
¿La historia tiene una responsabilidad social?
Absolutamente, porque la historia nos hace menos irresponsables: una vez que sabemos lo que cuesta construir un país y lo que cuesta salir de una situación violenta, nos convertimos en mejores ciudadanos.
Doctor Garciadiego, una de sus líneas de investigación es la Revolución mexicana, ¿por qué se inclinó por este capítulo de la historia de nuestro país?
Considero que el México contemporáneo, si bien es producto de la historia completa del país, está muy influido por la Revolución. Si apareciera un historiador del siglo XXI, XXII o XXV, va a decir que México fue, es y será un país con culturas originarias fuertes, pródigas, desarrolladas: un país que padeció una conquista; que durante 3 siglos de colonización forjó una nueva sociedad, porque la sociedad novohispana ni es española ni es indígena; un país que tuvo un siglo XIX débil, que no tuvo un gobierno central o que lo tuvo de manera debilitada, lo que permitió la pérdida del territorio, invasiones extranjeras y muchas insurrecciones regionales. También se dirá que tuvimos una Revolución que marcó el siglo XX, pero creo que la historia de hoy, del México del siglo XXI, está más marcada por procesos posteriores: por ejemplo, la comunicación, la democratización, la globalización, esos procesos están marcando más el siglo XXI que la Revolución…la Revolución cada vez nos queda más lejos.
¿Qué representan para usted los premios y reconocimientos que ha recibido por su trayectoria?
Más que los premios y reconocimientos, y no soy demagogo, prefiero ver las caras contentas de mis alumnos al terminar una clase, que me saluden años después, que la gente me diga que lee mis libros
o que escucha mi programa de radio; eso es más importante que los honoris causa.
Foto: Anayansin Inzunza.
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Anayansin Inzunza