De primate a primate Imprimir

 

Antonio Lazcano Araujo

Como provenía por el lado paterno de una familia de médicos distinguidos, comenzando por su abuelo Erasmus Darwin y continuando con su padre, Robert W. Darwin, el joven Charles fue enviado a la Escuela de Medicina de Edimburgo, en donde vivió al lado de su hermano Erasmus, también estudiante de la misma institución.

 

Se trataba de un lugar excepcional, donde –a diferencia de muchas universidades inglesas– no había que estar ordenado como clérigo para impartir clases. Aunque Darwin la abandonó muy pronto, Niles Elridge ha subrayado que durante su estancia se benefició de la influencia de médicos como Robert Jameson, naturalista y creador de lo que era probablemente el mejor Museo de Historia Natural del Reino Unido, así como de las clases con Robert Grant, un naturalista y seguidor de las ideas de Lamarck y, por cierto, admirador incondicional de Erasmus Darwin.

 

En 1879, Darwin publicó una biografía de su abuelo Erasmus, donde escribió: “En su Temple of Nature, existe un ejemplo notable de su sagacidad profética en torno a los “animales microscópicos”. Hasta hace unos pocos años, un filósofo cui bono se podría haber burlado de los hombres que dedican su vida a examinar organismos tan diminutos que no pueden ser estudiados a simple vista, y hubiera sido difícil satisfacer la crítica de alguien así excepto en términos generales. Pero sabemos ahora, gracias a los esfuerzos de varios naturalistas, del papel central que estos organismos desempeñan en la putrefacción, la fermentación, las enfermedades, infecciones, etcétera.

 

Como consecuencia de dichas investigaciones, el mundo tiene una enorme deuda de gratitud con Mr. Lister por haber desarrollado el tratamiento antiséptico de las heridas. Por ello, considerando lo poco que se sabía entonces sobre este tema, la siguiente frase de mi abuelo me parece notable. Él afirmó: “espero que los investigadores del mundo microscópico logren llamar la atención de los estudiosos, puesto que sin duda alguna se podrán derivar de sus trabajos ventajas insospechadas como las que resultan de descubrir un mundo nuevo”.

 

A pesar de lo que escribió sobre su abuelo, Darwin no pensó en los microbios en términos evolutivos. No es difícil conocer las razones que explican esta ausencia. Aunque las bacterias fueron descritas por primera vez entre 1623 y 1673 por Leewenhoek, Linneo no supo bien a bien cómo clasificarlas y sugirió reunirlas en 1774 con el nombre genérico de “caos”.

 

Exactamente, cien años más tarde, Joseph Lister escribió a Pasteur y se refirió por primera vez a su “teoría de los gérmenes”, pero el término ’microbio’, como sinónimo de germen, fue acuñado por Chales Sédillot en 1878 –20 años después de la publicación del Origen de las especies. Es decir, cuando Charles Darwin estudió medicina, ni la infectología era una disciplina que formara parte del programa de estudios, ni mucho menos veía a los microorganismos como los ancestros de plantas, animales y hongos.

 

Pero aunque los microorganismos no alcanzaron un sitio en la propuesta original de Darwin, hoy ocupan un lugar destacado como ejemplo no sólo de los cambios evolutivos sino también como fuente constante de asombro ante su versatilidad adaptativa. Los éxitos de la vacunación, los insecticidas, el drenaje y la penicilina nos hicieron olvidar lo frágil que es el equilibrio entre las poblaciones humanas y las de nuestros patógenos.

 

La situación ha cambiado y, ante los ojos atónitos del gran público, pareciera que la naturaleza ha desencadenado oleadas de microbios y patógenos nuevos sobre nosotros. No es así. Como escribieron hace unos 10 años Richard Lewontin y Bruce Levin, basta hacer a un lado la perspectiva antropocéntrica para observar el sorprendente inventario de virus y microbios, muchos de ellos mutantes que se expanden o patógenos inéditos, que afectan plantas y animales.

 

Lewontin y Levin tenían razón: nunca lograremos frenar la evolución de virus, protistas y bacterias; como lo demuestran la pandemia del SIDA, el avance del cólera, la persistencia del dengue y la aparición de organismos capaces de resistir combinaciones inéditas de los antibióticos y los antivirales, estamos lejos de controlar las potencialidades del mundo microbiano.

 

En el año en que celebramos el 150 aniversario de la publicación del Origen de la especies de Charles Darwin, la aparición del virus de la influenza vino a recordarnos que la evolución biológica no tiene metas, que nunca cesa y que se da a lo largo y ancho de la biosfera –incluyendo los patógenos, de cuya existencia nos percatamos únicamente cuando nos enfermamos.